diumenge, 31 de març de 2013


La senda torcida del nuevo periodismo

La generación de reporteros que revolucionó la profesión en los sesenta vive un resurgir editorial

Jimmy Breslin, el editor George Hirsch, Tom Wolfe y el fundador de 'New York', Clay Felker, en una fiesta de la revista en 1967. / DAVID GAHR (GETTY)
Lo que pretendía ser una feroz invectiva suena hoy a notable definición del nuevo periodismo: “[Es] un estilo bastardo que juega a dos bandas, explota la autoridad fáctica del periodismo y crea atmósferas propias de la narrativa”. Lo escribió en 1965 Dwight Macdonald en Paraperiodismo, o Tom Wolfe y su máquina de escribir mágica, artículo publicado en las páginas de The New York Review of Books para salir en defensa de otra venerable institución de la prensa de Manhattan, The New Yorker,cuando esta fue objeto de la iconoclastia a prueba de bomba (o casi, como se verá) de Wolfe.
El reportero de la afectada elegancia sureña y el traje blanco había publicado un hilarante texto titulado Pequeñas momias, motivado por un diálogo escuchado en la redacción de una joven revista de la ciudad que incluyó esta sugerencia del coloso del periodismo de los sesenta Jimmy Breslin: “Quizá deberíamos volar por los aires el edificio de The New Yorker”, dijo. Los chicos no llegaron a tanto, cierto, pero tampoco se cumplió la profecía de Macdonald: “Wolfe no será leído con agrado, o leído a secas, dentro de unos años, quizá el año que viene”.
El autor de Ponche de ácido lisérgico y otros clásicos de la no ficción contracultural (incluida la influyente recopilación de 1973 El nuevo periodismo) lleva décadas vivo y coleando en el catálogo de Anagrama (que también da cobijo a otro titán de aquella revolución, Hunter S. Thompson). Muchos de sus compañeros de filas gozan de un más reciente aunque vigoroso resurgir en España. Ahí está el tardío rescate del maestro Gay Talese (que inició Alfaguara y ha continuado Debate). Y si Mondadori acaba de publicar una recopilación de los asombrosos reportajes californianos de Joan Didion, la resurrección recordó a la vivida el año pasado por Terry Southern (¡ese tipo capaz de sacar petróleo sociopolítico a un reportaje sobre majorettes!).
Wolfe, Talese, Didion o Breslin desfilan por el ensayo recién traducido
La operación de rescate se ve redondeada por la publicación enLibros del K. O., joven editorial volcada en la crónica, de La banda que escribía torcido. Una historia del nuevo periodismo, de Marc Weingarten, lo más parecido a una biografía definitiva (y autorizada) de aquel movimiento. La anécdota de la voladura de The New Yorker, tan veterana, tan venerable, abre el ensayo y marca el tono: el autor no ha venido a cuestionar las leyendas de la generación de reporteros que pegó un puñetazo en la mesa de redacción atendiendo a un plan: “La primera norma fue desechar viejas normas. Los líderes del movimiento se percataron de que el periodismo podía ir más allá. […] Comenzaron a pensar como novelistas”.
“Todos ellos son héroes de mi juventud como reportero”, se justificó esta semana desde Los Ángeles Weingarten, escritor y documentalista. El libro se centra en la edad dorada del movimiento (1962-1977), aunque busque las raíces del periodismo narrativo. Anglosajón, por supuesto; no hay rastro, por ejemplo, de la gran tradición de la crónica latinoamericana que arranca en José Martí o Rubén Darío, pero sí un repaso impresionista por los logros de Swift (el término “nuevo periodismo” ya se empleó en los años treinta… del XIX), Dickens, Jack London, George Orwell, Lillian Ross, John Hersey (autor del clásicoHiroshima), A. J. Liebling o Truman Capote y su “novela testimonio” A sangre fría, que Weingarten coloca en la órbita, aunque no en el núcleo duro de su banda.
A ella pertenecen Tom Wolfe, Gay Talese, Hunter S. Thompson, Joan Didion, John Shack, Michael Herr, Charles Portis o Jimmy Breslin (que escribió una comedia mafiosa llamada La banda que disparaba torcido).De las hazañas de uno a otro, “y a partir de un centenar de entrevistas”, va saltando con gran atención por el detalle el relato, que también lo es de una época en que “las revistas importaban” y estos periodistas eran “estrellas del rock literarias”.
En algunos casos, al lector le asaltan preguntas como si tiene sentido leer sobre el modo en que Thompson escribió Los ángeles del infierno(Anagrama), cuando puede acudir al texto original que provocó que el reportero gonzo acabara apalizado por sus bárbaros objetos de estudio. En otros, las dudas surgen sobre la veracidad de anécdotas que podrían dar por bueno el adagio del periodismo tramposo (“No dejes que la realidad te estropee un buen titular”). ¿O suena creíble que Clay Felker, entonces en Esquire, reclutara en 1959 al muy famoso Norman Mailer durante un concierto de Thelonious Monk, y después de que Mailer y su mujer tuvieran la bronca de su vida?
Y luego queda la sospecha de que quizá la banda solo fuera un grupo de extraordinarios periodistas con una no menos inusual suerte. “Es difícil imaginar una fuente de historias tan formidable como los años sesenta en EE UU”, concede Weingarten. Claro que ante el mismo material, el asesinato de los Kennedy, la revolución jipi, Vietnam, cada cual se enfrentó desde su escritorio. Talese, con esa fe en que las historias pequeñas son el mejor modo de contar las grandes; Wolfe, con su máquina de retorcer palabras (¡repitió “hernia” 57 veces en el arranque de una crónica!); y Didion, con su exacerbada sensibilidad geográfica.
Esta última es, con la feminista Gloria Steinem, casi la única mujer en la historia de Weingarten. “El negocio era entonces una cosa de hombres”, dice este. Los valores del nuevo periodismo se asocian a menudo con la virilidad de sus practicantes. Como Breslin, reportero de los bajos fondos y las barras de bar en cuya recopilación de columnas para elTrib, The world of Jimmy Breslin (1967) se lee: “Breslin es demasiado gordo, bebe y fuma mucho y si consigue cumplir los 40, un montón de camellos y buscavidas van a llevarse una sorpresa”. O Mailer, famoso por acudir a los puños cuando le faltaban las palabras.
Ambos se presentarían a la alcaldía de Nueva York en 1969 con desastrosos resultados. La idea surgió en una reunión de redacción de la revista New York. Visto el éxito de aquella aventura, quizá no sea ese el mejor ejemplo de la teoría de Weingarten, según la cual, “esa fue una época en la que la visión de un puñado de escritores coincidió con la destreza de unos editores que supieron dar cohesión a aquellas locuras necesarias”.
Y como su historia es también la historia de esos editores (Jann Wenner, de Rolling Stone; Harold Hayes, de Esquire; o Felker, de New York), su final acaba por pertenecerles. El libro lo deja cuando el magnate Rupert Murdoch se hace con New York tras un tira y afloja que acaba con Felker llorando el final de una era ante las cámaras. Corría 1977, la mayoría de los chicos ya eran prominentes figuras públicas, Rolling Stone había dejado California para abrazar el culto a la fama y las transgresiones de la banda habían sido deglutidas por el sistema hasta colarse en los teletipos de agencias.

Memoria crítica

El saber mejora y libera, la ignorancia embrutece

Alumnos del Instituto-Escuela de Barcelona durante una fiesta de fin de curso en 1932.
En España algo que nunca ha faltado son los defensores de la ignorancia. Tradicionalmente, solían pertenecer a los gremios más reaccionarios, y por lo tanto más interesados en la sumisión analfabeta de las mayorías. Nada como la ignorancia para asegurar la fe en los milagros y la reverencia hacia los terratenientes, y para asegurarles a estos las masas de jornaleros dispuestos a trabajar a cambio de salarios de limosna en sus latifundios, y en caso necesario a dejarse poner uniformes y a servir de carne de cañón en las guerras, marcando el paso en los desfiles ante el Santísimo y la bandera a los sones de un pasodoble patriótico. Predicadores de los catecismos socialistas utópicos del siglo XIX alentaban con una misma elocuencia las cooperativas obreras y la instrucción pública, y las primeras mujeres rebeldes que reclamaban la igualdad con valentía inaudita celebraban el aprendizaje y el conocimiento como herramientas necesarias para conseguirla.
Los socialistas y los anarquistas competían fieramente y a veces violentamente entre sí, e imaginaban paraísos obreros incompatibles, pero tenían en común una pasión idéntica por la educación. El saber mejoraba y liberaba; la ignorancia embrutecía. La reacción levantaba iglesias, cuarteles, conventos, plazas de toros; ser progresista —noble palabra liberal que en nuestra juventud quedó encogida y amputada y caricaturizada en el término “progre”— significaba, prioritariamente, levantar escuelas e institutos de enseñanza media desde los cuales irradiara el entusiasmo del conocimiento, la eficacia práctica y cívica de la racionalidad. Aprender mejoraba la vida de las personas y fomentaba la prosperidad del país, al permitir el despliegue colectivo de las formas más variadas del talento individual. En medio de las nieblas místicas del 98, inteligencias tan apegadas a la realidad de las cosas como la de Joaquín Costa, Giner de los Ríos y Santiago Ramón y Cajal proponían remedios muy semejantes para sacar al país del atraso y la abismal injusticia: escuela y despensa, regadíos, preparación técnica y científica, trabajo fértil y no humillante, estudio. A la II República le dio tiempo a hacer pocas cosas, pero algunas de las prioritarias fueron las escuelas y los institutos, y unos planes de bachillerato tan rigurosos que ni el franquismo pudo desguazarlos del todo. Que los matarifes del ejército sublevado en julio de 1936 se dieran tanta prisa en ejecutar a los maestros de escuela es el indicio de otro orden de prioridades.
Una de las sorpresas más desagradables de la democracia fue que la izquierda abandonara su viejo fervor por la instrucción pública
Una de las sorpresas más desagradables de la democracia fue que la izquierda abandonara su viejo fervor por la instrucción pública para sumarse a la derecha en la celebración de la ignorancia. Y así se ha dado la paradoja de que al mismo tiempo que se cumplía el sueño de la escolarización universal triunfaba una sorda conspiración para volverla inoperante. La izquierda política y sindical decidió, misteriosamente, que la ignorancia era liberadora y el conocimiento, cuando menos, sospechoso, incluso reaccionario, hasta franquista. En otra época los argumentos contra el saber oscilaban entre un amor roussoniano por el niño como buen salvaje y una afición maoísta por convertir la mente en una pizarra en blanco en la que se inscribirían con más facilidad las consignas políticas. Ahora, como no podía ser menos, los celebradores del analfabetismo feliz echan mano de las nuevas tecnologías: ¿Quién necesita aprender nada, si todo el conocimiento está fácilmente, risueñamente disponible, con solo teclear en un teléfono móvil? Gracias a Internet, ejercitar y alimentar la memoria es una tarea tan obsoleta como aprender a cazar con arcos y flechas. Lo que hace falta no es embutir en los cerebros infantiles o juveniles “contenidos” que en muy poco tiempo se quedarán anticuados, y a los que en cualquier caso se puede acceder sin ninguna dificultad, sino alentar “actitudes”, otra palabra fetiche en esa lengua de brujos. Que el niño no aprenda, sino que aprenda a aprender, repiten, que desarrolle su creatividad, espíritu crítico, a ser posible transversalmente, etcétera.
Tanta palabrería de sonsonete científico encubre nociones extraordinariamente primitivas sobre la inteligencia y sobre la memoria: como si ésta fuera un fardo que pesará más cuanto más se cargue en ella, un almacén en el que los conocimientos aguardan a ser reclamados, como se recupera un archivo en un ordenador. Ni la curiosidad, ni el espíritu crítico, ni la tan celebraba creatividad se sustentan en el vacío. En los estudios más competentes sobre el funcionamiento de la inteligencia creativa se descubre cada vez más el valor de lo que se llama “working memory”: la memoria que trabaja, la memoria activa, la que compara ágilmente una experiencia inmediata con otras anteriores o con ejemplos aprendidos en los repertorios culturales, la que al poner juntos elementos en apariencia lejanos entre sí descubre conexiones y posibilidades nuevas. Es una poderosa y muy bien adiestrada memoria visual la que permite a un artista vislumbrar lo excepcional en lo común, lo semejante en lo que parecía diverso —y también a distinguir entre lo verdaderamente nuevo y la moneda falsa de la moda, y a saber que en la plena originalidad hay siempre un fondo inmemorial de experiencia del mundo—.
Que tanta información sea ahora accesible es una razón para instruirnos en el rigor del conocimiento, no para desdeñarlo como innecesario
El conocimiento histórico o científico no son fardos inertes que estarán esperando a ser consultados en la Wikipedia, igual que un aparador inútil que acumula polvo en un guardamuebles. Lo que sabemos del pasado sucede en el presente, porque nos ayuda en la tarea imperiosa de intentar comprenderlo, y por lo tanto nos pone en guardia contra las manipulaciones y los groseros embustes a los que son tan aficionadas las castas políticas y los ideólogos. Sin una conciencia histórica informada y activa no hay manera de valorar lo que sucede ahora mismo, porque no hay términos de comparación con lo que sucedía hace muy poco o hace mucho; y tan necesaria como la conciencia histórica es un grado solvente de conciencia geográfica: la idea tribal de que el lugar de uno es el centro del mundo tendrá menos fervorosos adeptos si en la escuela y en el instituto se enseña la amplitud y la variedad de los paisajes y de las formas de vida.
Que tanta información sea ahora inmediatamente accesible es una razón más para instruirnos en el rigor del conocimiento, no para desdeñarlo como innecesario: igual que la sensibilidad literaria se educa leyendo, y el oído escuchando, y la mirada viendo arte, la inteligencia crítica se afila aprendiendo a distinguir la información sólida y contrastada de la propaganda, el bulo y la calumnia. El saber despierta el apetito de saber más; la ignorancia sólo alimenta ignorancia y desgana.
En la izquierda, cualquier crítica del estado actual de la educación activa como un anticuerpo la acusación de nostalgia del franquismo. La derecha se ríe con esa sonrisa cínica del ministro de Educación: ellos van a lo suyo, a desmantelar lo público y favorecer los intereses privados y el dominio de la Iglesia, y en cualquier caso siempre tienen medios para costear estudios de élite y másteres a sus hijos. Es la clase trabajadora la que paga el precio de tantos años de despropósitos. De nuevo la ignorancia es el mayor obstáculo para salir de la pobreza. Quizás no falta mucho tiempo para que aparezcan de nuevo visionarios que vayan predicando por los barrios populares la utopía liberadora de la instrucción pública.
www.antoniomuñozmolina.es

dissabte, 30 de març de 2013


Últimas noticias del inagotable Pessoa

Una versión del ‘Libro de desasosiego’ con textos inéditos arroja nueva luz sobre el autor

También se publica una compilación de sus escritos psiquiátricos

Diagrama con los heterónimos más importantes de Pessoa, a partir de un análisis de su traductor Perfecto E. Cuadrado. / FERNANDO VICENTE
La inmensa herencia literaria de Fernando Pessoa, fruto de un afán inhumano de perfección que quedó plasmado en un legado de cerca de 30.000 escritos ordenados, en su mayoría, de forma caótica y embarullada, sigue regalando nuevos textos que aportan nuevas visiones sobre este escritor inagotable. Fruto de la labor de zapa de dos estudiosos de la obra del mayor poeta portugués contemporáneo aparecen ahora en España una nueva edición del Libro del desasosiego, con cinco textos inéditos, y un volumen titulado Escritos sobre genio y locura,compuesto por apuntes sobre psicopatologías y psiquiatría nunca publicados en español (en Portugal lo fueron en 2006). Ambas, en Acantilado.
Richard Zenith, estadounidense de origen, portugués de adopción, considerado por muchos el mayor especialista de la obra de Pessoa, ha compuesto esta última edición del Libro del desasosiego. Entre los cinco textos sacados a la luz hay reflexiones sobre la muerte y sobre el hecho mismo de divagar. Y entre ellos, uno especialmente sintomático. Es el más largo y se compone de una deliciosa redacción sobre la niñez del poeta, sobre sus recuerdos de juego inventando personajes con las piezas del ajedrez y sobre la nostalgia infinita de la infancia. “Me dolía esto como hoy me duele no poder dar expresión a una vida. ¡Ah! Pero ¿por qué recuerdo yo esto? ¿Por qué no permanecí niño para siempre? ¿Por qué no morí yo allí, en uno de esos momentos?”.
Zenith tradujo Libro del desasosiego al inglés y su primera edición en portugués data de 1998. Desde entonces ha elaborado 10 más. Tal cantidad de versiones obedece a las circunstancias azarosas en que se descubrió a principios de 1980 el manuscrito, dentro de un sobre en un arcón que albergó durante décadas la confusa, ingente y desordenada herencia literaria del escritor.
“Pessoa dejó ciertas indicaciones para la composición del libro, pero estas no son exhaustivas y, a veces, se contradicen con otras que dejó en otra parte, por eso se encuentran textos traspapelados que aunque no llevan indicación ninguna, por su temática o estilo deben figurar en elLibro del desasosiego”, explica Zenith.
Pessoa rehacía, destruía y guardaba. Olvidaba proyectos, los retomaba años después y los modificaba en una mañana. Añadía una hoja a un volumen inacabado que luego traspapelaba. Escribía en cuartillas ordenadas a veces, pero otras lo hacía en sobres, en notas de contabilidad, en el reverso de circulares empresariales. Reemprendía obras que se multiplicaban como un árbol ramificado hasta el infinito, llevaba adelante varios libros a la vez... Daba la impresión de que el peso mismo de su deseo de escribir le sepultaba, que le atenazaba el no poder controlar su propia e inmensa ambición reconvertida continuamente en un creciente caos en búsqueda de belleza.
Y buena parte de eso acabó, inconcluso, en el arcón. “Todo ello se debe a su perfeccionismo. Él sostenía que la perfección no era posible, tal vez en un poema corto, pero la vida de un hombre no daba para otorgar la perfección a una obra de mayor extensión. Aun así, no se conformaba. De ahí sus avances y retrocesos”, añade Zenith.
La aparente falta de orden y la —previsible e inevitable— arbitrariedad en la composición —siempre póstuma— del Libro del desasosiegodeben importar mucho al lector. “Este es un hermoso ejemplo de no-libro. Se puede leer de arriba abajo, de abajo arriba, picoteando, eligiendo al azar una página…”, asegura Zenith, que recientemente ha recibido en Portugal el prestigioso Premio Pessoa por su labor investigadora y literaria. Y añade que el volumen encierra una sorprendente modernidad. “Fue escrito desde 1915 a 1934. Pero descubierto en 1982 y eso es poéticamente justo, porque pertenece al sentir de nuestros días. Cuando se escribió, Europa creía en la unidad, en la coherencia del yo, en esas cosas que han saltado por los aires y que el Libro del desasosiego, con su fragmentación no solo textual, refleja perfectamente”.
Por su parte, el estudioso colombiano Jerónimo Pizarro ha culminado y, en el caso de la edición española, traducido, Escritos sobre genio y locura, donde Pessoa, obsesionado desde muy joven por cuestiones de psiquiatría, expone sus hallazgos, sus reflexiones, su peculiar interés por algo que le atañía de cerca (él mismo se calificó poco antes de morir de histérico-neurasténico).
Pizarro se ha basado en un conjunto documental catalogado en la Biblioteca Nacional de Portugal como Ensayo sobre degeneración, genio y locura, que contiene 200 textos. Y ha añadido otros 400 relacionados con el tema tras examinar el inagotable archivo del poeta. “Para él, que poseía una formación autodidacta en psiquiatría, pero que llegó más lejos que cualquier psiquiatra portugués de la época, el genio se corresponde con una cierta dosis de locura, con cierta bipolaridad”, sostiene Pizarro, que añade: “El desequilibrio psíquico que acarrea este tipo de locura del genio es, para Pessoa, un cierto tipo de equilibrio superior al que se accede a través del arte”.
Pizarro explica que, gracias a los escritos de Pessoa sobre esta materia y a su propia experiencia personal, se puede rastrear la huella del genio en el arte o viceversa, más incluso que en artistas como Hölderlin o Van Gogh. Este estudioso, que ha editado otras obras del poeta portugués y que se conoce al dedillo los atajos de su inabarcable archivo, pronostica que su herencia catalogada hoy en la Biblioteca Nacional de Portugal seguirá devolviendo joyas. “Hay, en ese archivo inmenso, material para 300 libros de 100 páginas. Y solo se ha publicado la mitad”.

Muchas vidas en una sola

Retrato de Fernando Pessoa en su juventud.
Fernando Pessoa creó decenas de voces para su propia expresión literaria, los célebres heterónimoscon los que firmaba sus textos.
Entre los más famosos están Álvaro de Campos, Alberto Caeiro, Antonio Mora o Bernardo Soares, quinientos fragmentos de diario, aforismos y divagaciones sobre cuestiones cotidianas y filosóficas generales que Pessoa redactó entre los años 1913 y 1935, a quien Pessoa atribuye las reflexiones del Libro del desasosiego.

L'ESCUMA DE LES LLETRES

Què en farem, de les llibreries?


LA FEINA DELS LLIBRETERS CANVIARÀ MOLT, PROPERAMENT. A MÉS DE PERSONALITZAR ENCARA MÉS LA VENDA HAURAN DE CONVERTIR-SE EN PROMOTORS CULTURALS.
¿UN SANT JORDI SENSE PARADETES?
La bogeria de la diada de Sant Jordi s'acosta. De cara al lector no hi ha canvis: és una tradició consolidada. I fa de bon passejar i triar i remenar. I gaudir del contacte directe amb els teus autors preferits. O, simplement, de tafanejar per la proximitat de lescelebrities mediàtiques que despleguen tota l'oferta de llum i coloraines. Cada any que passa, però, hi ha una pregunta que es va fent més i més clara: la diada de Sant Jordi triomfa gràcies a les paradetes. Allà hi ha llibres, que són uns objectes molt útils i curiosos amb una morfologia determinada, que ocupen espai. Imaginem, tot d'una, un Sant Jordi sense paradetes de llibres ni atapeïments. Només hi ha els cubells (i els crits) dels venedors de roses i els estands dels partits polítics. Silenci al carrer. Quina por.
Com podria donar-se aquest escenari apocalíptic? Molt senzill: les llibreries haurien desaparegut. Sense llibres físics, no hi ha llibreries, sense llibreries, no hi ha paradetes. Sense llibreries, no hi ha Sant Jordi. Vet aquí un dels primers problemes del nostre primer futur ministre de Cultura. Les dades ens diuen que a la Gran Bretanya, cap al 2015, els llibres digitals ja superaran en vendes els llibres de paper. Als Estats Units, això es donarà el 2014. Què en fem, de les llibreries? Els llibreters estan preocupats, evidentment. Ja fa temps que han diversificat el negoci. N'hi ha que venen de tot. Però i els llibres? El món evoluciona tan ràpidament en l'aspecte tecnològic que el que es plantejava com a probable fa quatre dies ara ja és obsolet. Per exemple, convertir les llibreries en punts de venda de descàrregues del llibre electrònic. Això ja no interessa a ningú: és molt fàcil fer-ho des de casa. El diari The Economist , el 27 de febrer d'enguany, en un dels blogs especialitzats en literatura i art, opinava que la supervivència d'una llibreria passava per "millorar l'experiència de compra de llibres". Ho afirmava Alex Lifschutz, autor del disseny nou de la llibreria Foyles de Londres. Es tracta d'una gran, antiga i famosa llibreria londinenca, a Charing Cross Road, que els visitants d'aquesta ciutat i de les llibreries recordem per les grans banderoles que n'ocupen la façana i perquè té el rècord Guinness de prestatges plens de llibres (30 milles / 48,28 quilòmetres). El senyor Lifschutz proposava la creació d'uns "espais petits i tranquils, on t'arreceris amb els llibres; al costat de grans espais on puguis llegir, però alhora tinguis accés al material audiovisual més gran sobre els teus autors preferits. L'ambient és vital…" I afegia: "L'exterior de la llibreria ha de ser un reclam continu i cridaner de l'activitat interior: presentacions, signatures, projeccions…" També opinava que un bar i una cafeteria són essencials. En fi, Londres és Londres i Barcelona és Barcelona.
Tanmateix, els experts coincideixen en el fet que les llibreries hauran de derivar cap a la venda no solament de llibres, sinó també d'oferta cultural: clients que paguin per presenciar una conversa entre un parell de novel·listes, per escoltar una xerrada, un recital de poesia o escoltar música en viu. En resum, tot va a parar al mateix: el llibreter s'ha de reconvertir a fons. I posats a fer-ho, aconsellen que es transformi en promotor cultural. I que aprofiti que la substitució majoritària del llibre de paper per l'electrònic encara és lenta a casa nostra.
¿CAP A UN SANT JORDI VIRTUAL?
El Sant Jordi erm, amb paradetes desertes, encara és lluny. Cal avançar-s'hi. Una solució podrien ser les paradetes virtuals en tres dimensions. S'ho imaginen? Omplir la Rambla de Barcelona de fantasmes riallers i cridaners, d'autors signant un cop i un altre, com un bucle diabòlic, el mateix llibre. I mentrestant, a la rereguarda, les llibreries bullint d'activitats culturals amb autors de carn i ossos dedicant llibres simplement tocant la pantalla tàctil amb el dit…
Els llibreters, a casa nostra, estan a l'aguait. S'hi posin com s'hi posin, la seva feina canviarà radicalment en els propers temps. Hauran de treballar més i molt més fort del que han fet fins avui, que ja és molt. La crisi i el canvi tecnològic fan preveure amb seguretat que la facturació -almenys basada en la venda de llibres- no pujarà espectacularment. Saben que hauran d'oferir l'excel·lència en els serveis bàsics: màxima informació sobre llibres, personalització màxima dels clients per tal d'anar-los a buscar fins i tot encara abans que tinguin la idea de comprar, selecció rigorosa del fons de magatzem, i després, no cal dir-ho, a part d'esdevenir un punt de venda ben dissenyat, oferir esdeveniments culturals atractius, imaginatius, pels quals, fins i tot, es pugui cobrar una entrada. Sempre amb la idea de futur que, tard o d'hora, els llibres de paper -i per tant l'espai físic i sentimental que ocupen- seran minoritaris. Estem parlant de llibreries grans o mitjanes. Per a les petites i independents és diferent, esclar, el desafiament és més gran. Els lectors, els escriptors necessitem els llibreters. Per sort, cada vegada que ens en trobem un i en parlem, som conscients del seu desconcert, però alhora del seu determini per sortir-se'n.

Nunca tan pocos (y tan raros) engañaron tanto a Hitler

Ben Macintyre rastrea la increíble historia de los superespías que desorientaron a los nazis el Día D

Imagen del desembarco de Normandia en dia 6 de Junio de 1944. / ROBERT F. SARGENT. (ARCHIVOS NACIONALES DE CANADA)
No eran soldados, sino un abigarrado grupo de personas extravagantes y exasperantes, en su mayoría de moralidad escasa y de lealtad dudosa, y costaban mucho dinero. Pero se jugaron la piel y contribuyeron decisivamente a ganar la guerra. La alambicada historia de los agentes dobles empleados por el servicio secreto británico para engañar a los alemanes en la II Guerra Mundial y distraer su atención de las playas de Normandía ha sido contada muchas veces, pero nunca hasta ahora de manera tan completa y apasionante (y con tanto sentido del humor) como lo hace en su nuevo libro el notable especialista en el espionaje en esa contienda Ben Macintyre.
Considerado por su popularidad como el Antony Beevor de la II Guerra Mundial librada en las sombras, el autor de otros títulos de referencia sobre el tema como El agente ZigzagEl hombre que nunca existió publica ahora en España, también en Crítica,La historia secreta del Día D,subtitulado La verdad sobre los superespías que engañaron a Hitler. El libro está dedicado especialmente a los cinco espías que formaron el núcleo de la Doble Cruz, un alambicado sistema de agentes dobles creado para confundir a los alemanes y que fueron los que consiguieron que los nazis creyeran a pies juntillas que la verdadera invasión de Europa se realizaría en Calais y no en Normandía.
Esa singular “arma secreta” de agentes que trabajaban para unos (los británicos) haciendo creer a los otros (los nazis) que lo hacían para ellos eran, describe Macintyre, Elvira Chaudoir (peruana bisexual, jugadora e inestable), Roman Czerniawski (ex piloto de caza polaco, fervorosamente patriota e inconsciente), Lily Sergeyev (francesa voluble), Dusko Popov (serbio seductor) y Juan Pujol (catalán excriador de pollos). ¿Fueron realmente tan decisivos? “No hay duda de que marcaron la diferencia. Es difícil calcular cuántas vidas aliadas salvaron, pero fueron muchas”, explica en Madrid Macintyre, un hombre tan inteligente y simpático como sus libros. “Eisenhower, Montgomery, los propios mandos alemanes, todos admitieron la relevancia de esos agentes en el éxito de la invasión del Día D”.
Le pregunto cuál es su personaje favorito de los cinco agentes dobles. Sonríe encantado. “Diré dos: Chaudoir, alias Bronx, es la más intrigante y fascinante, playgirl, bisexual, se mete en el espionaje por accidente y luego casi traiciona los planes por la muerte de su perrito. El otro, por supuesto, es Pujol, alias Garbo, por su bravado y por su uso de la inteligencia y de la palabra como armas, es un loco genial que decide por sí solo aplastar a los alemanes con el engaño”. Las técnicas de espionaje de la II Guerra Mundial, con sus palomas (Macintyre dedica un capítulo inolvidable a su uso), radiotransmisiones, túneles y tintas invisibles, “nos pueden parecer ahora algo amateurs y hasta inocentes”, continúa el autor. “Pero los británicos, Churchill el primero, se tomaban el asunto muy en serio. Estaban muy interesados en la contrainteligencia y el uso de gente con mentalidades retorcidas como sacacorchos que pudieran mirar al otro lado de la esquina”.
Los servicios secretos ingleses, señala Macintyre, se dieron cuenta de que la inteligencia alemana era muy vulnerable al contraespionaje. “Los alemanes eran muy literales, pensaban en línea recta y era fácil engañarles, tendían a aceptar datos de sus agentes sin cuestionarlos”. Había, continúa, otras razones por las que era fácil que los alemanes creyeran las mentiras. “Había una enorme corrupción en el seno de muchas de las secciones de la Abwehr, el servicio secreto militar alemán. Por otro lado, parte de la Abwehr trabajaba también contraHitler”. Macintyre considera que los británicos contaban con otras ventajas para el contraespionaje: el sentido del humor y la capacidad de asimilar a gente extravagante en sus filas. “Definitivamente, algo muy peculiar de la inteligencia británica es su virtuosismo para reclutar y aprovechar a gente sin aparente valor y hasta muy rara. Eso tiene que ver con el gusto británico por la teatralidad y lo melodramático. Además, nos encanta la mentira. Es muy británico vivir vidas dobles”.
Ben Macintyre, escritor
El escritor recuerda que muchos de los personajes del servicio secreto británico eran novelistas frustrados y grandes espías fueron novelistas: Graham Greene, Somerset Maugham, Ian Fleming… “En Madrid en 1941 los agentes británicos eran dos novelistas con obra publicada, tres no publicados y un poeta”.
El investigador está de acuerdo en que las grandes batallas —Stalingrado, El Alamein, Kursk, Midway— han dejado en segundo plano la historia del espionaje en la II Guerra Mundial. “Pero hay una nueva corriente de estudios que está sacando a la luz mucha nueva información de esa guerra secreta librada lejos de los tanques y los cañones. Sin menospreciar a los hombres del frente, la batalla del espionaje es apasionante y está llena de difíciles decisiones morales, es muy humana en ese sentido”.
Macintyre se muestra muy comprensivo con la inmoralidad de esa guerra. “A mí me enseñaron que Gran Bretaña ganó la guerra porque éramos nobles y buenos. Actualmente sé que ganamos en buena medida porque éramos malos y mentíamos”.
¿Llevamos todos un espía dentro? “Todos somos dobles agentes, unos más que otros. Todos tenemos una sombra, y amamos la idea de estar en medio de la gente escondiendo un secreto. Por eso nos gustan las historias de espías”.
El libro subraya la belleza del engaño. “Adoro el ensamblaje de una mentira complicada como la que se tejió para desviar la atención de Hitler de Normandía, hay una estética indudable en una buena mentira”.
En las historias de los cinco superespías, como en general en ese mundo, el espionaje va de la mano con las relaciones amorosas. “Son experiencias muy similares. Un doble agente en el fondo es como un amante infiel, traiciona a su controlador con otro secreto, es igual que un amor adúltero. La traición, la lealtad, la honestidad, la conveniencia, son temas que se pueden aplicar a los dos mundos, el amor y el espionaje”.